LA VIDA DE LOS INDIOS TERIBES. IMPRESIONES DE UN VIAJE POR EL RIO TERIBE

Mes de noviembre de 1964, precisamente cuando las lluvias arrecian con más violencia en el Istmo de Panamá. ¿Qué por qué hice un viaje en tal época del año y por lugares tan difíciles? También me lo pregunto yo. Hay ocasiones en que uno parece movido por una fuerza interior irresistible, que nos empuja, y cuando queremos darnos cuenta, nos vemos metidos en plena aventura y siempre plus ultra, más allá pero ni un paso atrás.

 

Algo así me sucedió a mí, aunque por mis lecturas sobre la región hacía en realidad mucho tiempo que se estaba incubando este viaje. Surgió la oportunidad y la aproveché.

 

De Panamá donde viví toda mi juventud hasta Changuinola por vía aérea fue la primera etapa. Luego, en pleno corazón de la Compañía Frutera, encontrar una embarcación adecuada que me llevase a la Tierra de los Indios Teribes, a los lugares históricos cubiertos siglo tras siglo por la selva tropical, fue cuestión de unas tarde.

 

Siempre ese factor que algunos llaman suerte, intervino, ¡cómo no!, en la forma acostumbrada para mí, y fue hallar un Corregidor y un Teniente de la Guardia Nacional de Panamá que se brindaron de inmediato a dar toda su colaboración a mi expedición. Y por si esto fuera poco encontré gracias a su ayuda y a su diligencia, una embarcación y un conductor experto conocedor del río Changuinola.

 

¡Lo que hubieran dado Vázquez de Coronado o Perafán de Riera, o los franciscanos que iremos viendo pasar por este relato, por tener un Porfirio Artola como guía y una canoa indígena con motor fuera de borda, sensible como una terminación nerviosa y un Juan Divolé como ayudante como los tuve yo!

 

Lo cierto es que al día siguiente a las 6:30 ante meridiano estábamos nuestros equipos hacia el embarcadero si se puede llamar así a un canalito cenagoso que penetra en lo hondo de una quebrada abarrotada de latas por donde el sobrante de las aguas del Río Changuinola se derrama sobre la tierra fertilizándola en la época lluviosa. La canoa innominada en la que íbamos a hacer el viaje estaba varada, atada por la proa a un árbol.

 

Mis compañeros de expedición son Porfirio Artola, dueño de la canoa quien me precede cargando sobre el hombro un motor de 26 HP y Juan Divolé, Sanitario practicante de la United Fruit Cº, gran aficionado a toda clase de expediciones como la que vamos a emprender y lector asiduo de libros de viajes. El patrón Artola mide 1.65 metros y pesa 150 libras. Divolé mide 1.94 metros y pesa 270 libras, casi el doble. Es un auténtico gigante.

 

Son dos tipos completamente disparejos, pero como podría ver más tarde, extraordinarios, cada uno en su estilo, excelentes compañeros de viaje. El primero, experto conocedor del río y sus “marrumancias” o malas mañas, y el segundo en relaciones humanas y costumbres indígenas, leyendas e historias de toda clase sobre la región que deseaba explorar. Forman ambos en la filas de esos tipos extraordinarios que de vez en cuando se encuentran en los lugares más recónditos de la tierra y que constituyen una excelente manifestación del poder de adaptación y de la variedad psicofísica de la especie humana. Yo los he llamado “hombres de frontera”. No pude tener más suerte como comprenderá el que haya emprendido alguna vez esta clase de expediciones.

 

Entramos en la canoa que hubo de ser arrastrada unos metros a lo largo del canal y en breves minutos con la ayuda de los canaletes salíamos a la circulación sanguínea del Changuinola, amplio y poderoso río que recibe las aguas del Teribe y del Changuena, como si fuésemos hematíes saliendo de un capilar para penetrar en la arteria principal.

 

Nuestro objetivo era remontar la corriente hasta encontrar la bifurcación siguiente por la rama que hallásemos a nuestra derecha que es el río Teribe, para después remontar éste también hasta llegar a un punto donde fuera posible ponernos en contacto con los remanentes o restos de la tribu Teribe, que al parecer está en vía de extinción, según me informaron en Changuinola.

 

Pregunto al patrón si no tiene nombre la canoa a lo que me contesta negativamente. Aún no ha sido bautizada. Propongo un nombre, sugiriendo puesto que vamos por el río que se llamó de la Estrella, que la llamemos “La Estrella del Teribe”. Le gusta el nombre y decide adoptarlo.

 

El Changuinola, en esta incierta hora del amanecer frío, después de un día y una noche de fríos aguaceros, tiene cara de pocos amigos. Ruge hostil, arrastrando miles de toneladas de agua a buena velocidad. Nuestra canoa que responde con un brinco al empuje que le proporciona el motor colgado fuera de la borda, vence a la fuerza de la corriente y se dispara como una flecha buscando la desembocadura del Teribe, que es la entrada a nuestro objetivo.

 

“El río está bravo”, dice Porfirio. Y efectivamente se ve lleno, ahito y con deseos de que no le molesten en su digestión.

 

El día, sin embargo, no parece presentarse mal. Se ven nubes altas iluminadas tangencialmente por el sol del amanecer. Por los resquicios que dejan las nubes entre sí, comienzan a palidecer y perderse las estrellas. Creo que no tendremos lluvia hasta la tarde por lo menos.

 

El rugido del motor apaga el canto rítmico del trabajo de los pájaros carpinteros y de los abundantes pechiamarillos1 y quisquiguís 2 que saltan alegremente sobre las ramas de los árboles y arbustos a nuestra derecha, festejando la llegada del día. Avanzamos pegados a la orilla del río, buscando la mayor lentitud de la corriente en este punto.

 

Se oye mugir una vaca cerca de la orilla y otra más lejos corresponde al saludo, como diciendo: “Hay extraños en el río!”. El momento es plenamente bucólico y para el iniciado en expediciones de estas clase, todos los signos se presentan favorables. Se siente el tirón telúrico de la madre tierra satisfecha de que vengan a visitarla.

 

El conjunto ofrece el aspecto de una orquesta bien acoplada (canoa, expedicionarios , motor, cantos de aves, mugir de vacas, rumor del agua,, fuerza del río, nubes irisadas, sol naciente, medios tonos, viento frío del amanecer, oxígeno abundante) que eleva sus voces palpitante de vida entonando un himno permanente al Creador.

 

Me satisface plenamente el instante que es de los soñados durante mis semanas de agitada vida capitalina, y trato de disfrutarlo con fruición, dando gracias a Dios que me permite gozar de una faceta de su maravillosa obra, insertándome en la naturaleza que me rodea, porque como todo lo bueno, es fugaz, poco duradero.

 

La anchura del río Changuinola y la fuerza de la corriente son impresionantes y me hace recordar a otro río que considero un poco parte de mí mismo: el Bayano. Si algún día llamé al Bayano, Padre de los ríos, el Changuinola hoy me parece que es su hermano gemelo, tan fuerte como él y en estos instantes superior a él por la crecida de la corriente.

 

Siguen los pechiamarillos revoloteando por la orilla del río. Ahora veo uno que se cuadra militarmente a nuestro paso, sacando ostentosamente el pecho que luce en todo su esplendor dorado, cargado de medallas, dándome la impresión de un boxeador que mostrase con orgullo su tórax musculoso o de un centinela presentando armas al paso de su general.

 

Delante de nosotros, en una de las rectas del río, se recorta en el horizonte y contra el cielo que ha ido clareando más y más, la silueta en ángulo obtuso del Cerro Guaguo. A la izquierda el misterioso e histórico Peña Blanca, devorador de hombres. A la derecha la Serranía de los Montes Changuinola. Y más a su derecha todavía el sistema que rodea al Cerro del Bonyic o Banyic, corrupción de la palabras teribes D’bon yic, que quiere decir Quebrada del Tigre, que procede de la palabra d’bon que significa tigre y la palabra “quebrada” que se traduce en esta lengua por digua y la desembocadura de una quebrada se dice yic.

 

El sistema de Bonyic o D’Bonyic se llama también de la Media Luna por una misteriosa marca grabada sobre una roca que se alza en la ladera del río y a la que se han atribuído orígenes diversos de los que más adelante hablaremos.

 

Una garza blanca levanta su vuelo paralelo a nuestra dirección de marcha, como retándonos a que probemos alcanzarla. Parece que no se mueve, que no hace ningún esfuerzo y sin embargo a pesar de nuestro motor de 26 HP nos deja atrás y se pierde en un recodo del río.

 

Divolé que va en la proa de la embarcación haciendo contrapeso con nosotros dos, avisa que hay un gato de agua (guó nió dirían los teribes). Miro, pero no veo más que agua. Mas, de pronto asoma su hocico romo y bigotudo(efectivamente es un gato de agua, una nutria, de la familia de los Mustélidos (Lutra lutra) que son los “carnívoros de agua dulce”). Esta mide por lo menos un metro de longitud. Por el pelambre obscuro parece un macho. Huyó a gran velocidad no sin que pudiéramos ver sus patas palmeadas al zambullirse en busca de alguna presa. Pero asoma otra vez quizás para tomar aire y vuelve a esconderse rápidamente y más abajo, arrastrado por la corriente, esta vez lejos de la canoa.

 

El patrón anuncia que no estamos lejos del empalme donde se unen las corrientes del Teribe y el Changuena para formar el Changuinola.

 

A la 7:00 entramos en las agua del Teribe sin mayor transición porque es casi tan grande el afluente como el río principal, o al menos así me lo parece a mí en estos momentos. El lugar es muy interesante y se llama Dos Bocas y por aquí cerca debió estar situado el poblado térraba de Quequexque, del que tanto hablan los documentos de la época hispánica del descubrimiento. Es curioso el parecido fonético de las aves que me señaló Divolé con el nombre de aquella población indígena. “Quisquiguí” y “Quequexque” pudieran estar relacionados. No han sabido explicármelo mis compañeros.

 

A izquierda queda Junco, y enfrente podemos ver el caserío de Segla que se extiende sobre una punta de arenas y rocas.

 

En línea recta puedo ver cómo se dibujan en el horizonte los cerros que son nuestro objetivo de hoy, entre los que habita el grupo indígena Teribe o Térebe, pero aunque parecen estar muy cerca, “al alcance de la mano”, es sólo una ilusión óptica, porque como el río tiene tantas curvas o meandros y sobre todo describe en conjunto una gran curva, se tarda más de lo que podría suponerse.

 

Altos palos de seibos, ceibos o javillos se alzan a nuestra derecha, con sus troncos blanquecinos contrastando con el verde botella de la selva que les rodea. Es uno de los más característicos árboles de las selvas panameñas, con el que he tenido mucha familiaridad. Hay dos árboles que llevan ese mismo nombre de ceiba. Uno pertenece a la familia de las Bombacáceas (Bombax barrigon Seem y Ceiba pentandra L. (Gaertn) que son árboles de más de 15 metros de altura, y produce un algodón sedoso muy apreciado para rellenar almohadas.

 

Otro que recibe el mismo nombre de ceiba no es tan inocente como el anterior y éste es el que tenemos ante nosotros, de la familia de las Euphorbiaceae, Hura crepitans L. que es también un árbol de más de 15 metros de altura, cubierto el tronco color blanco lechoso o pardo amarillento con protuberancias espinosas. La savia es muy venenosa. Sus frutos que han dado otro nombre al árbol, “tronador” tienen distribuídas las semillas en sectores como los gajos de un naranja. Cuando maduran se llenan de gases que les hacen estallar con un sonido que parece un disparo. Esta dehiscencia del fruto permite extender las semillas a distancia y así reproducirse el árbol.

 

Hay una Farmacia muy antigua y muy famosa en Panamá llamada “Farmacia del Javillo” lo que produce un cierto estremecimiento al entrar en ella. Pero aún es más el nombre de la calle donde está situada la Farmacia, Calle de Salsipuedes!

 

Alguna que otra casita de estilo palafítico se superpone de vez en cuando al paisaje vegetal de las orillas que se alzan en una serie de cerros bajos que encajonan el río. Esta tendencia a construir las viviendas sobre postes (“en lo alto de los árboles” como decían los primeros españoles que llegaron al Istmo de Panamá) viene impuesta por las fuertes avenidas del río y las torrenciales lluvias que en esta región de pluviselvas tiene lugar a lo largo del invierno tropical. Por eso el indio tiende a buscar como asiento para su vivienda las cumbres de los pequeños cerros cercanos al río, donde tiene la seguridad de que el agua no llegará durante las grandes avenidas.

 

Ahora viene otra curva y una fuerte corriente que anuncia la presencia de un raudal. Efectivamente, ahí lo tenemos ante nosotros, cortándonos el paso, rugiendo de placer, pensando en la presa que puede caer en sus fauces de un momento a otro. La curva del río recoge el agua que cae desde un alto escalón del lecho fluvial y choca con furia inusitada contra rocas y maderas carcomidas, arrojando espuma como un perro furioso, como poseído por el diablo. No es extraño que los indios digan que en cada curva y en cada raudal hay un diablo que espera siempre. Es OE-KA, o diablo-serpiente como dicen en lengua teribe. Los indios de Talamanca llaman a ese diablo Agna-má-bie.

 

El patrón disminuye la velocidad de nuestra canoa, la pone al pairo y mira atentamente al raudal para estudiar cómo y por dónde va a atacarlo para vencerlo y trepar con la canoa el escalón del río.

 

Dado un grito de aviso, nos ordena agarrarnos bien fuerte a los bordes de la canoa y situarnos bien en el centro para guardar el equilibrio. Y lanzando un alarido de desafío, se proyecta como una exhalación en todo el centro del torrente, y la canoa monóxila se ve envuelta en unos segundos en toda la furia del raudal. La madera cruje, se estremece, se lamenta, y hay un momento en que parece que no resistirá el golpe de la tromba de agua. No veo más que agua que me obliga a cerrar los ojos. Una rociada fría nos refresca de pies a cabeza. La canoa se levanta de punta pero el peso del gigantesco Divolé la vuelve a la posición original. Ahora comprendo por qué le colocó en la proa nuestro guía.

 

Con un hábil golpe de timón, Porfirio endereza la dirección de la canoa que realiza un giro de 90º enfilando el escalón. Divolé introduce la pértiga a un costado de la canoa y el resultado es satisfactorio. Hay más de un metro de fondo. Porfirio acelera el motor y con un rugido que se confunde con el emitido por su garganta, ser lanza nuestra embarcación como un proyectil saltando sobre las olas y rizos de las turbulentas aguas y en unos segundos más, pasamos de la zona de revolución a la de calma. Las aguas, aunque discurren rápidas son ahora más mansas y la canoa sigue sin más tropiezo.

 

Puedo asegurar en estos momentos, que a pesar de la confianza que me inspiraba mi conductor, he pasado miedo, esa sensación indefinible que atenaza nuestra garganta como un nudo, y que nos estruja por dentro, produciéndonos una inquietud, una tensión, una duda de si saldremos de ésta o si será aquél el último momento de nuestra vida.

 

Como a mí siempre me ha gustado buscar emociones y pesar de mis cuarenta y dos años, aún no me he curado de esta mala costumbre que desarrollé durante mi infancia, llevo siempre mi cuaderno de notas conmigo, y voy escribiendo en el aire dentro de la canoa lo que voy viendo y sintiendo al minuto, para que luego, cuando todo haya pasado, pueda recordar con más precisión las emociones vividas.

 

Mi cuaderno o diario de notas, es a veces casi ilegible, pero aprovecho los momentos de mansedumbre del río para escribir sobre él unas líneas de escritura irregular y mojada de vez en cuando por las gotas que salpican del canalete de Divolé quien cada vez que lo introduce en el río para observar el fondo, me da un baño.

 

Pero si el peligro del raudal pasó, ahora viene otro no menos fastidioso: los troncos y trozos de madera que vienen bajando por esta parte del río son un problema para nuestro motor ya que pueden golpear las aletas de la hélice y dejarnos a la deriva. Por fortuna nos pasan rozando y Porfirio, de pie, con las manos en el timón, mira a las profundidades del río y parece que su “sonar” y su “radar” funcionan bien pues nos libramos de los troncos sin accidente alguno.

 

A los lados vemos señales de la versatilidad del río Teribe que según mis informantes y lo que voy viendo de la geografía de esta zona, cambia todos los años su curso. Cuando se aburre de marchar por este cauce, “se da una crecida”, se desborda y marcha por otro lado, así que hay que adivinar cómo va a estar el fondo, el lecho del río. Afortunadamente, en esta época del año, las fuertes lluvias han hecho crecer tanto al Teribe que no hay tropiezos con el fondo, conociendo bien sus alternativas. Pero en la época seca, aunque menos peligroso por ser menor la corriente, el viaje es más demorado pues hay pasos en los que es preciso remontar el río con la canoa a cuestas. Sin embargo, ahora la abundancia de agua nos permite saltar hacia arriba, de escalón en escalón, lo mismo que si fuésemos truchas que van nadando contra la corriente y suben a desovar hasta la misma fuente de los ríos.

 

Por el rizo de las olitas, sabe Porfirio lo que pasa debajo de la superficie del agua, y así dirige la canoa en la forma correcta sin perder de vista ni un instante la dirección de marcha.

 

A las 7:22 a.m. llegamos a la región de Charagré por donde se extiende el caserío del mismo nombre. Los sedimentos arrastrados por el río año tras año, se han ido depositando aquí en bancos pedregosos que contribuyen desviar el curso de la corriente, pronunciando más y más sus curvas. Le sucede en cierto modo al río lo que a las mujeres que conforme pasan los años, pierden las formas después de acentuar sus curvas.

 

Elegantes tallos de bambú (Bambusa arundinacea L.) se alzan en las orillas arqueándose en abanico. Estratos de rocas perfectamente paralelas se dibujan como en un esquema geológico en las paredes del lecho fluvial, en algunos puntos inclinados como queriendo salir del fondo del río a la superficie en busca de aire. A veces alternan capas o estratos calizos con rocas metamórficas, y en ocasiones se ve aq       uí y allá, tal cual falla del terreno en cuyo caso las capas estratificadas rompen la continuidad habitual y cambian la dirección en varios puntos.

 

Al fondo, en el horizonte, podemos ver ahora, entre las siluetas de los copudos árboles, elevarse sobre ellas la Serranía de Bonyic.

 

Hace frío todavía. El sol aún no ha podido con las nubes, y el viento producido por el rápido avance de la canoa unido a los frecuentes remojones en los raudales, me tiene aterido.

 

Pregunto a mis compañeros si hay mucha cacería por estos lugares, y me informan diciendo que ha disminuído notablemente en los últimos años, sin poder saber la razón, ya que no es por el exceso de cazadores precisamente. Puede que haya habido alguna epizootia que sea la causa.

 

Entre los habitantes de esta región se habla mucho de la existencia de la Mina de la Estrella, y de tiempo en tiempo, sale tal cual explorador con el ánimo de encontrar su viejo emplazamiento siendo ya muchos los que han desaparecidos devorados por la selva virgen tratando de hallarla, sin que se haya vuelto a saber de ellos. Me cuentan mis informantes que la leyenda más frecuente en la región es que la mina se encuentra enclavada en lo más profundo de las montañas, y que en sus proximidades existe una tribu indígena, salvaje y hostil a todo lo que huela a civilización, que en el corazón de las impenetrables selvas quiere conservar celosamente su aislamiento y si alguien osa llegar a sus cercanías, acaban con él. Todo esto suena un poco a fantasía y como otras muchas historias seguramente no pasa de ser producto de la mente acalorada de los vecinos de la región, pero de todas formas por unos instantes mi fantasía es también estimulada y enseguida relaciono la historia con un posible resto de indios dorasques o doraces del que me hablaron en un poblado guaymí de la región chiricana al otro lado de estas cordilleras.

 

Ahora llegamos a la Quebrada de Carbón, así porque allá por el año de 1914 se trató de hacer en ella una mina de carbón, o mejor dicho se halló una mina de carbón mineral, pero se vieron obligados los mineros a abandonarla porque según me informan mis amigos “era demasiado joven”.

 

Aquí vi interrumpidas mis notas por un aviso brusco del patrón que anunciaba la presencia de otro raudal. Así que tuve que guardar mi cuaderno de apuntes y el lápiz apresuradamente, agarrarme a los bordes de la canoa y aguantar el golpe. Luego, los acontecimientos se sucedieron precipitadamente y las anotaciones fueron substituídas por experiencias que hubo que absorber junto con el agua que entró en la canoa. El paso del raudal cercano a la Quebrada de Carbón fue un poco difícil pero pasamos sin mayores contratiempos.

 

La perspectiva de los Cerros a esta hora de la mañana se muestra n todo su esplendor. Los primeros planos, verdes brillantes, con abundancia de detalles, los segundos planos de color verde botella, monocromos, sin detalles apenas, y un tercer plano de montañas fundiéndose en el horizonte de un color azul difuso. Parece un dibujo hecho con difumino.

 

Nubes blancas como copos de algodón, convectivas, ascienden de los valles y de la selva que tapiza las laderas para converger en la atmósfera y cerrar su ciclo meteorológico, día tras día.

 

Llegamos a SOPOSO, donde nos espera otro raudal, fuerte, con violentos oleajes y espumas que parecen salir de las mismas fauces babeantes del diablo Oe-Ka.

 

Otro susto. La canoa se puso casi vertical, y ni el peso de Divolé parecía capaz de hacerla volver a la horizontal, pero al fin cayó sobre la corriente dando un tremendo golpe. Yo no me explico cómo aguanta la madera semejantes golpazos sin saltar hecha astillas y cómo los aguantamos nosotros. Me refieren mis guías “para tranquilizarme” que en aquel raudal ya había salido despedida mucha gente de las canoas, y otros se han perdido ahogados. Oe-Ka debía estar satisfecho, pero no, es insaciable.

 

Con un grito de hombre de las cavernas, Porfirio lanza como una catapulta la canoa que trepa un escalón más, y exclama:

 

-“¡No tengan miedo, que aquí estoy yo! ¡Déjenmelo a mí sólo, que es mía ya!”

 

Hubiera jurado que yo no pensaba soltarme por nada del mundo de los bordes de la canoa y que se lo dejaba, lo que fuera, todo para él, pero opté por apretar los labios y medio cerrar los ojos para evitar el agua en lo posible, mirando por el resquicio de éstos lo que iba a pasar.

 

Con la mirada brillante, echando espuma por la boca (yo diría que por la fiebre de los raudales) y la espuma del agua chorreando de sus sienes, agarrado frenéticamente al timón, una vez más Porfirio vencía al diabólico Oe-Ka. Pasado el turbión, vuelvo la vista al timonel, y comprendo que para él es un placer cada derrota que inflinge a la fiera mugiente que queda allí detrás de nosotros lamentándose de no haber podido “llevarse en los cachos” a otra canoa con todos sus ocupantes.

 

Y las curvas y raudales se suceden en serie interminable, hasta llegar a una playa fluvial donde hacemos alto para comernos una lata de ciruelas pasas que repartimos entre los tres, mientras un gato gris, vecino de una casita que vemos allí próxima, se acurruca junto a un sembrado en espera de algún ratón. Son la 8:00 a.m. y todavía no ha caído ninguna pieza y se ve que el gato tiene hambre. Como nosotros que devoramos las ciruelas y casi la lata si no fuera porque la necesitamos para achicar el agua que llena el fondo de la canoa.

 

Embarcamos de nuevo y ya estamos otra vez en el río. El patrón bebe en la lata de ciruelas el agua del Teribe. Le pregunto si no le repugna beber el agua aquella que viene turbia por la gran cantidad de lodo que arrastra y me contesta que así está más sabrosa. Bueno, prefiero pasar sed, que por cierro no siento. Mis numerosas experiencias en las selvas del Istmo al través de mucho años de andar por los sitios más diversos me han enseñado que cuidando la ingestión de alimentos, y manteniendo o reponiendo las pérdidas de sal, uno puede pasarse mucho tiempo sin necesidad de agua. Pero el agua es muy necesaria en el trópico para el organismo, pues la deshidratación por transpiración excesiva, puede concentrar de tal manera las sales eliminadas por la orina que de no diluirlas bebiendo agua abundante pueden producirse cálculos renales, litiasis a veces enormes y yo he visto en mi práctica médica enormes cálculos que llenaban toda la pelvis y los cálices renales bloqueando totalmente un riñón. Una rápida intervención quirúrgica puede salvar al paciente si el parénquima renal no ha sufrido daño irreparable.

 

Por eso siempre llevo conmigo cuando entro en la selva una cantimplora llena de té que voy reponiendo a medida que me la voy bebiendo, preparando agua hervida con té que es un estimulante o defatigante en cuanto se me termina.

 

O también como hice con mucha frecuencia he recurrido a los “bejucos de agua” (Vitis tiliaefolia L.), que son lianas de la familia de las Vitáceae que cuelgan de los grandes árboles. Contienen un agua purísima pues la extraen bien filtrada de las profundidades del suelo. Puede beberse sin temor alguno y una liana puede proporcionar hasta dos vasos de agua deliciosa. Y si hay cocos verdes en las palmeras que encontremos, no hay nada como el agua de pipa verde, que además de contener líquido abundante, hidratos de carbono, sales minerales, grasas muy digestivas, es un alimento de primera clase.

 

Aparece otro raudal. Esta vez creo que Porfirio ha encontrado la horma de su zapato y que no podremos pasar esta catarata que se presenta delante de nosotros. Le veo detener casi el motor y dejar que la canoa retroceda en el río unos metros, pero todo es con el objeto de estudiar el punto por donde va a dar el salto. En muchos libros de viajes he leído que cuando se trata de pasar una raudal, se hace buscando el borde cercano de la orilla, primero porque si sale uno despedido de la canoa está más próximo a la orilla para poder salvarse agarrándose a la vegetación o troncos que suele haber por allí. Y aún mejor, salir del río, cargar la canoa a cuestas y pasar por tierra el raudal sin exponerse.

 

Pues bien, este muchacho hace todo lo contrario. Se mete en el mismo centro, en la misma madre de la corriente donde es más veloz el río, manteniéndose en una línea equidistante de ambas orillas. Creo que se ha vuelto loco. La verdad es que cada pasito de éstos, es un cúmulo de emociones formidable.

 

“¡Aquí estoy yo!” grita Porfirio desaforadamente, y de pronto acelera y da un salto sobre su asiento que levanta en vilo a Divolé, y la canoa como un caballo salvaje, se encabrita, se levanta sobre sus patas delanteras y se precipita sobre el vertiginoso remolino, subiendo materialmente, saltando el escalón, a pesar de que en algún momento, por el ruido del motor, me doy cuenta que las paletas del rotor están fuera del agua, en el aire.

 

Sí, hay instantes en que pienso que Porfirio se ha vuelto loco, porque no hubiera podido jamás imaginar que se pudiera pasar una catarata de esta forma, pero prefiero callarme y no decirle nada para no dar la impresión de que tengo miedo (pero la verdad es que no las tengo todas conmigo).

 

Llegamos por un paso donde se estrecha el río, a la famosa “Roca de la Media Luna”. Detenemos la canoa delante para poder tomar una fotografías.

 

La tal roca es una imponente mole de aspecto calizo en su base y granítica encima, que se eleva verticalmente desde el río que lame y desgasta su base.

 

Como a dos metros de altura sobre la superficie del río (como yo lo vi según la altura del agua en aquel momento), se puede apreciar, en efecto, un surco profundo en la roca, en su parte caliza, como un sector de círculo perfectamente regular y de dos metros de un extremo al otro con las puntas dirigidas hacia arriba dando la impresión de una luna en cuarto creciente efectivamente. La profundidad del surco es casi igual a su anchura, unas tres pulgada, lo que permite verlo desde lejos. Sin embargo, a pesar de la regularidad de su trazado, no parece artefacto humano. Se debe a mi entender a las filtraciones de agua que vienen de la parte superior de la roca que es de material mucho más duro.

 

Al resbalar el agua por la superficie de la roca dura, granítica, va penetrando suave pero constantemente en la parte caliza que se deja desgastar por la erosión y fue formando así un surco que adquirió la forma de la base de la roca superior que es redonda, por lo cual el surco tiene que ser paralelo a su forma o sea de un sector de círculo, de un semicírculo. Pero la imaginación de los transeúntes del río les ha hecho ver un misterioso símbolo dejado por los españoles para señalar quién sabe qué misterioso tesoro escondido o mina de oro, o quizás el famoso tesoro del Capitán Muñoz. Claro que yo tengo la costumbre de tratar de interpretar todo por la forma natural y lógica, y quizás resulta que en este caso me equivoco y se trate en efecto de una marca de un antiguo y misterioso explorador de este río. Lo que más llama la atención es la matemática exactitud del semicírculo y la igualdad de la anchura y profundidad del surco. Dejo al gusto del lector aceptar una u otra interpretación.

 

Son las 8:20 a.m. Llegamos a la Quebrada Sonoyic o Sonochic como lo pronuncian mis compañeros, que queda a nuestra izquierda, o sea en la margen derecha el río.

 

Un “pico feo”, un tucán, con su grande, deforme y amarillo pico vuela a nuestra derecha y se posa sobre una rama mirando a los tres visitantes que se atreven a perturbar el ambiente, interrumpiendo la monotonía orgánica de la región. Nos mira y tuerce despectivamente su pico feo que a mí me parece hermoso por su color tan distinto del verde de la selva que permite distinguirlo desde muy lejos. El tucán, en este caso me parece un Ramphastus swainsonii, es un ave de la familia de los Ranfastidae que vive en estas regiones de pluviselvas tropicales. Lo que más llama la atención es su enorme pico desproporcionado con el resto del animal, y que pareciera increíble que pueda sostener tal apéndice, pero cuando uno lo tiene en la mano se da cuenta de que no pesa casi nada pues es casi totalmente hueco. Este tiene dos colores, amarilla la mandíbula superior y parduzca la inferior.

 

Más allá se levanta ante nosotros una garza color azul-ceniza. Son aves zancudas de cuello y patas largos, picos rectos y puntiagudos. Pertenecen a la familia de los Ardeidae. Esta que levanta el vuelo por el color parece una Garza azul mayor (Ardea herodias). Son muy voraces, y pasan su tiempo pescando y engullendo. En cierta ocasión encontramos una garza recién muerta en el Río Bayano y pudimos contar 125 pescados de diversos tamaños en su estómago.

 

Pregunto a Divolé si hay muchos monos por aquí contestándome que casi no hay. La mayoría murió en la gran epidemia de fiebre amarilla selvática que hubo en esta región hace doce años (en 1952).

 

8:25 a.m. Pasamos por Chubco que queda a nuestra izquierda. Un indio saluda desde la orilla del río donde está alistando su canoa. Contestamos al saludo. Es la cortesía de las regiones inhabitadas. Se siente uno bien cuando saluda o contesta al saludo de otro ser humano, que se ve de hora en hora.

 

Pasamos Sonoyc y una bella cascada a nuestra derecha nos hace detenernos para fotografiarla y extasiarnos contemplando aquella cola de caballo que se desliza desde una elevación del terreno de más de 100 metros de altura sobre una roca grisácea pizarrosa escalonada, como una de tantas maravillas que la Naturaleza derrocha sin que a veces tenga a nadie cerca para poder disfrutar de ellas.

 

Frente a la cascada hay una quebrada donde me asegura Divolé, el hombre de las historias, que hay dos cañones de la época de los españoles.

 

8:45 a.m. Breve parada en una playita del río para cargar las cámaras fotográficas de nuevo, descargar las vejigas y llenar el tanque de la canoa con la gasolina y el aceite de repuesto.

 

Otra vez al río, y otra vez raudales y curvas. Varios paticuervos negros remontan el vuelo en escuadrilla y se ríen de nosotros y de nuestros esfuerzos por alcanzarlos con la canoa. De estos hay muchos en el Río Bayano y tienen siempre la costumbre de competir con la velocidad de las canoas a las que ganan siempre.

 

Veo también algunas espátulas rosadas (Ajaia ajaja (Roseate Spoonbill) de la familia de los Threskiornithidae a la que pertenecen también los ibys. Se trata de zancudas típicas de las regiones tropicales, los picos son largos y planos que se ensanchan por la punta, formando la típica espátula. Tienen el cuello blanco y el plumaje rosado y toques de rojo en las alas. Su alimento son peces y crustáceos, suelen formar grupos o colonias. Por la costa se ven más.

 

También ha pasado una bandada de periquitos con su estridentes graznidos. Por el color verde parecen Aratinga holochlora, de la Familia Psitacidae. Da gusto ver estos pájaros en bandadas, pero sus chillidos no se soportan por mucho tiempo. Afortunadamente están de paso. En Panamá cuando hay varias personas que discuten al mismo tiempo y hablan toda a la vez, los que pasan cerca exclaman: “¿Qué perequera es ésta?”.

 

8:50 El día está levantando, y el sol comienza a demostrar que aún no ha perdido su virilidad. El viejo sol, ¡y qué falta nos hace a veces, aunque otras reneguemos de él! Como le pasa a los maridos con sus mujeres y viceversa. Reniegan los unos de los otros pero se necesitan. Ahora se agradece de veras la caricia tibia del astro Rey, que calienta la piel cuando creíamos que ya no iba a reaccionar.

 

Ya no quedan casi caimanes por aquí, lo que me parece lamentable, pues le quita mucho del sabor local al paisaje. Me parece que esta selva está en decadencia. ¡Aquéllas selvas de antes de la guerra! ¡Aquello sí eran selvas, con su paludismo , su fiebre amarilla, sus mosquito, sus culebras y sus etc.! Pero estas selvas de ahora no son más que sucedáneos del selva, ¡hasta se han permitido desaparecer los caimanes! Y a ello hemos contribuido mucho los médicos con nuestros tratamientos masivos y los cazadores exterminando a los animales. En fin, disfrutemos mientras podamos de lo que queda de la Naturaleza.

 

Un raudal más y estamos en Doreiyic, antesala de Seigic. Aquí el río describe casi un círculo, que hemos de recorrer hasta el punto de destino, Seiyic o Seigic, donde por ser día de fiesta, cuatro de noviembre, se reúnen los indios de toda la región para celebrarlo.

 

El último raudal que se puede pasar en el verano arrastrando la canoa por tierra, es ahora al parecer navegable. Porfirio quiere batir su propio record y hacer lo que nadie ha hecho hasta ahora, que es pasar este raudal sin bajarse de la canoa, así que decide exponernos al remojón y seguir adelante.

 

Me encomiendo a todos los Santos de mi preferencia, dudando una vez más del estado mental del patrón, pero como no me dan la oportunidad de bajarme en marcha, me agarro con fuerza como de costumbre a lo bordes de la canoa y aprieto los dientes con rabia entornando los párpados para soportar el baño que de seguro viene.

Y allá van Porfirio y “La Estrella del Teribe”. Un grito demoniaco, un rito más diabólico que el satánico Oe-Ka y un ronco mugido del motor al que se exige este esfuerzo final, y ya no veo más que espuma por todas partes. El mundo es una sinfonía de espuma blanquísima que produce pinchazos fríos en la piel. No sé qué ha pasado. Prefiero no mirar. Cierro los ojos y los oídos y al abrirlos me encuentro sano y salvo en agua mansas.

“La Estrella del Teribe” había subido el último escalón el río y sólo recuerdo el grito salvaje de triunfo del patrón al lograr lo que hasta ahora nadie había logrado: llegar en dos horas menos cinco minutos de Changuinola y Siegic y hacerlo sin tener que arrastrar la canoa.

 

El último raudal quedó atrás derrotado, pataleando, lanzando chillidos de rabia y soltando espuma en su impotencia hasta el fin de los siglos por haberse dejado vencer por seres humanos que ahora lo irán contando por ahí. El orgullo del Teribe fue dominado por la mano del hombre, pero quizás lo pusimos demasiado bravo y ahora esté preparándose para engullir a quien quiera volver a repetir la hazaña.

 

Con un alegre “bru-bru-bru”, “La Estrella del Teribe” con su cargamento humano llegaba al poblado donde “El Rey” de la casi extinta tribu de lo Indios Teribes nos acogió con un cálido y amable recibimiento.

 

El río quedó atrás, vencido, gracias a Dios...y a Porfirio.

 

Durante los días que estuve allí realicé mi estudio sobre los indios teribes que se completó más tarde con documentos del Archivo de Indias de SEVILLA, concretándose en un libro titulado: “Vida de los Indios Teribes de Panamá” de 500 páginas y cuyo índice comprende:

 

“VIDA DE LOS INDIOS TERIBES DE PANAMÁ”

 
Indice general

 

1.   Impresiones de un viaje por el río Teribe

2.   Geografía de la región. Climatología. Origen del nombre Teribe.

3.   Descubrimieno de la región

4.   Primeros intentos de colonización

4.1 Viajes de Felipe Gutiérrez

4.2 Viajes de Hernández de Badajoz

5.   La expedición de Juan Vázquez de Coronado

6.   Otras exploraciones de la región de Bocas del Toro

6.1 Exploraciones de Perafán de Ribera

6.2 Expedición de Diego de Artieda

6.2 Exploraciones en el s. XVII

7.   Los misioneros franciscanos

8.   Las minas de oro de la Estrella y Tisingal

9.   Los indios mexicanos de Bocas del Toro

10. El Indio Teribe

11. La vivienda teribe

12. Alimentación. Cultivos

13. La caza y la pesca entre los indios teribes

14. Navegación entre los indios teribes

15. Influencia de otras culturas en la lengua teribe

16. Creencias religiosas. Mitos. Numeración. Colores.

Astronomía. Meteorología.

17. Pubertad. Matrimonio. Familia. Organización tribal

18. Enfermedad. Terapéutica. Tanatología

19. Manifestaciones artísticas

19.1 Trabajos manuales

19.2 La danza, la Música.

19.3 El vestido

20. El indio teribe (térraba) de Costa Rica

21. Vocabulario teribe-español-térraba

22. Vocabulario español-teribe-térraba

23. Indice analítico

 

Esta obra fue presentada por el autor en el XXXVII Congreso Internacional de Americanistas en septiembre de 1966 y se publicó en Panamá el año de 1967.



1. Pechimarillo: Son aves comunes en Panamá y todas Centroamérica, de la familia Vierenidae (Vireos). Los que veo por aquí parcen Vireos flavifronss con la garganta y pecho amarillo brillante, el vientre blanco y parece que llevan anteojos lo que es característico de estas aves que tienen un círculo en torno a cada ojo.

 

2. Quisquiguís: Se parecen mucho a los anteriores, pero desde la canoa no acierto a verlos bien. Parecen de la familia de los Trogonidae. Son aves hermosas. Las que hay por aquí tienen color verde azulado y el pecho amarillo Sin tenerlos en la mano es muy difícil apreciar los detalles , pero me parece que por su canto son trogones. No he podido relacionar el nombre de quisquiguís con una especie definida.

Museo de Antropología Médico-Forense Paleopatología y Criminalística
PROFESOR JOSÉ MANUEL REVERTE COMA