EL VIAJE SIN RETORNO

" La muerte es el precio que paga la vida por el incremento de la complejidad estructural de un organismo viviente", decía TOYNBEE. Las especies relativamente simples, se perpetúan sin embargo, sin que medie la muerte o una nueva progenie, dividiéndose constantemente.

En el ser humano, por su misma complejidad estructural, la muerte no es un paro total e instantáneo de la vida que bulle en el cuerpo, sino un fenómeno lento y progresivo. Es un proceso que se inicia en los centros vitales cerebrales, cardiacos o nerviosos, para propagarse seguidamente en forma progresiva a todos los órganos y a todos los tejidos. El primer tiempo es la muerte funcional, el segundo, la muerte tisular según la definición de SIMONIN.

El sistema nervioso, el cerebro, son el soporte de la conciencia para que ésta pueda manifestarse. Algunos han creído que la conciencia no era más que una secreción cerebral, fundamentalmente porque ignoramos lo que le ocurre a la personalidad de un ser humano después de la muerte. Si fuese lo que algunos materialistas han pensado guiados por su "sentido común" y la idea de que "no creo lo que no veo" estarían en cierto modo de acuerdo con aquellos epicúreos griegos que comparaban la suspensión de la conciencia durante el sueño con la aniquilación de esa conciencia después de la muerte física.

Enfrente a estas ideas tenemos a la inmensa mayoría de la Humanidad que desde los tiempos paleolíticos ha intuído el hecho trascendente de que la personalidad humana no se aniquila después de la muerte. Si bien la muerte es la auténtica meta de nuestra existencia y llave que abre la puerta de nuestra verdadera felicidad, es indudable, según pensaba KOESTLER, que credulidad e incredulidad coexisten agónicamente en el hombre y que la Filosofía es la historia de los intentos del hombre por reconciliarse con la muerte, motor indudable del progreso humano, a la que debemos quizás las más grandes creaciones del arte religioso, templos, pirámides, catedrales y muchas de las más bellas obras artísticas y literarias. Religión y magia están siempre presentes en el arte.

Pero ahí está esa frontera de lo físico a lo metafísico, la línea que separa lo perceptible de lo desconocido, el punto de "no retorno", en el que el médico se sitúa como el aduanero entre el más acá y el más allá.

¿En qué consiste la extinción de la vida? ¿Qué sucede cuando se extingue la vida?

En nuestros días en que la tecnología ha permitido realizar lo impensable en tiempos pasados, como es el hacer vivir a un ser humano condenado a la muerte sin remedio hasta hacía pocos años y además proporcionarle supervivencias elevadas merced a la implantación de órganos fundamentales procedentes de otros cuerpos humanos, se plantean nuevos y cada vez más complicados problemas, relacionados en muchos aspectos con la muerte. El más acuciante para nosotros es quizás la determinación de la muerte real, de la muerte cierta. Sin esa seguridad, no es posible entrar a saco en un cuerpo, extirpar corazón, riñones, hígado, pulmones y por medio de cuidadosas técnicas, llevarlos al cuerpo moribundo y reemplazar los gastados o inutilizados por diversas patologías, por los nuevos de otra persona.

Es el gran milagro de las técnicas quirúrgicas, biológicas, bioquímicas, inmunológicas y médicas.

Nuevas responsabilidades recaen sobre los médicos encargados de diagnosticar la muerte clínica de un paciente.

A ello se añaden además otros avances de la tecnología que hacen posible mantener con apariencia de vivos a cuerpos que hubiesen sido enterrados hace tiempo en épocas pasadas. Tales son las técnicas de reanimación, perfusión, respiración asistida y circulación artificial aun cuando sólo se consiga una vida ficticia, incompleta, vegetal, sin posibilidad de restauración de las funciones mentales, cerebrales.

Por otra parte, el cirujano de transplantes, desea para que sus intervenciones tengan éxito, órganos aún vivos y esto ha empujado a algunos a extirparlos antes de que se hayan detenido totalmente todas las funciones vitales, mantenidas artificialmente por medio de la aparatología moderna.

Problemas técnicos y éticos de todo tipo se plantean a diario por este motivo. Nuevas legislaciones crean nuevas exigencias para realizar determinadas intervenciones. La idea es salvar vidas pero no a costa de eliminar otras ni de pasar por encima de principios y creencias.

El cese de las funciones vitales, lo que se ha llamado el trípode de Bichat se caracteriza por la detención de las funciones respiratorias, circulatorias y del sistema nervioso. Cualquiera de ellas que se detenga en forma irreversible, supone la muerte cierta del individuo.

En el momento de extinguirse la vida, el organismo comienza a ponerse en equilibrio con los agentes o medio que le rodea y se va enfriando de manera que a las 10 ó 14 horas está completamente frío, variando este tiempo en relación con el tipo de muerte y del lugar donde ha quedado el cadáver. En el agua se enfría más pronto, en un estercolero persiste más tiempo el calor corporal así como del que permanece en su lecho. También los que perecen por asfixia se enfrían más lentamente. Además, el enfriamiento no es igual en todas las partes del cuerpo. Es más rápido al exterior y más lento en el interior. Es algo semejante a lo que sucede con un cilindro metálico caliente; cuando se enfría, lo hace también de fuera adentro y de sus extremos al centro.

La vida del cuerpo es un fenómeno más complejo de lo que se suele creer. Puede morir el individuo de una muerte irreversible, pero partes diferentes de su cuerpo, órganos y tejidos, continúan aún con vida por un tiempo más o menos largo, dependiendo de factores intrínsecos y extrínsecos. Un hombre que muere entre la nieve puede conservar vivos buena parte de sus tejidos por bastante tiempo. Por otra parte, puede existir una abolición aparente de las funciones vitales, tal es el caso de ciertos estados catalépticos, colapsos, etc. hechos muy frecuentes en tiempos pasados y que dieron lugar a que muchas personas fueran tenidas por muertas cuando no lo estaban. La muerte absoluta tiene lugar a veces mucho tiempo después de la muerte clínica, de la muerte real, que es cuando desaparece totalmente toda actividad biológica.

El individuo muere, deja de respirar, el corazón detiene sus movimientos y con él la circulación sanguínea. El cerebro, al faltarle el riego sanguíneo detiene también su actividad ya que no puede sobrevivir a una anoxia o falta de oxígeno prolongada. El médico certifica la defunción, pero todavía quedan células y tejidos con actividad vital por un tiempo más o menos prolongado. Tanto es así que aún después de la muerte clínica se podrían obtener células del cuerpo para extraer de ellas el núcleo y los cromosomas y por medio de las técnicas de la Ingeniería genética proceder a la fusión con otro núcleo que podría dar origen a un nuevo individuo o clonizar simplemente el núcleo obtenido para conseguir una repetición exacta del sujeto a quien perteneció.

Apenas se detiene el movimiento del corazón y el cerebro deja de funcionar, comienzan a producirse una serie de fenómenos consistentes en cambios bioquímicos y tisulares, más rápidos o más lentos según las condiciones del medio exterior.

Siempre ha sido motivo de preocupación y estudio el determinar el momento de la muerte y la certeza de la misma por razones obvias, por lo que los médicos e investigadores forenses se han preocupado de averiguar qué signos podían tomarse como de certidumbre de esa muerte, problema más complejo en nuestros días debido al nuevo capítulo mencionado de los trasplantes de órganos.

Por eso las leyes exigen que el fallecimiento haya sido comprobado por dos médicos para realizar la extracción de un órgano destinado a transplante. También se han creado nuevos problemas como es el de determinar la muerte cerebral aunque el cuerpo continúe siendo oxigenado por una respiración asistida y una circulación artificial de sangre. Algunos cirujanos han considerado que ya que el sujeto en estas condiciones estaba clínicamente muerto (la muerte cerebral hoy por hoy es irreversible) se podían extraer órganos en mejores condiciones para su transplante aunque las apariencias fuesen de que aún vivía.

Apenas tiene lugar la muerte clínica, se produce un fenómeno generalizado en todo el cuerpo y es la acidificación del medio interno, el aumento de la acidez de líquidos y tejidos debido a la falta de oxígeno. Esto pone en marcha una serie de signos que han sido observados por diversos investigadores, considerándolos como elementos fundamentales para el diagnóstico de muerte cierta.

Los más sencillos se basan en la determinación del pH de los tejidos subcutáneos. Siendo el pH normal del sujeto en vida de 7.3 á 7.5, en el momento en que esta cifra desciende, se puede deducir que el sujeto cuyas funciones vitales aparentemente se han detenido, está realmente muerto. Esta acidez aumenta por momentos.

Se ha recurrido para determinarla a la punción hepática (Método de Ambard) o a la determinación en el seno del tejido muscular (Técnica de Tourdes) o el tejido subcutáneo (técnica del sedal propiciada por Icard y Leonard, consistente en atravesar la piel con un hilo empapado en bromotimol, reactivo muy sensible a los cambios del pH). Otras veces se utilizó la Técnica de De Dominicis que consiste en practicar varias pequeñas incisiones en la piel, colocar sobre ella unas gotas de suero fisiológico y luego determinar en éste el pH.

La técnica de De Laet es más traumática ya que se trataba de obtener humor acuoso ocular por punción del ojo para determinar en él el grado de acidez.

Icard también utilizaba otra técnica consistente en coger un pellizco en la piel con una pinza de forcipresión. En la serosidad obtenida por esta presión se determinaba el pH.

Se debe a un investigador español, el Prof. Lecha Marzo la técnica más sencilla y menos traumática de todas, ya que consiste en determinar la acidez en la secreción lagrimal utilizando la clásica tirita de papel de tornasol. Si el individuo está muerto, se pone este papel de color rojo, mientras la secreción lagrimal del vivo tiñe de azul este reactivo a causa de su alcalinidad. La prueba es de gran seguridad y fiabilidad ya que es positiva media hora después de la muerte.

Otra prueba que ha sido utilizada con frecuencia es la ideada por Rebouillat en 1923 y utilizada por Balthazard, consistente en explorar el estado de la elasticidad de las fibras epidérmicas, que desaparece muy pronto después de la muerte. Inyectaba para ello 2 cc de éter teñido con azul de metileno por vía subcutánea en el presunto cadáver. Si por el orificio de la punción realizada refluye el éter azulado, puede afirmarse que el sujeto está muerto. Si por el contrario, el éter, que ha formado una especie de habón bajo la piel, no fluye sino que se difunde por los tejidos, el sujeto está aún vivo.

El signo más aparente que encontramos en el individuo muerto es como ya apuntábamos, el enfriamiento que se establece en las 14 horas que siguen a la muerte, llegando (dependiendo de la temperatura exterior) a 18º C, temperatura que es ya prácticamente incompatible con la vida, aunque ha habido casos que llegaron a este enfriamiento y más tarde fueron reanimados. Pero cuando el forense toma la temperatura rectal y encuentra que son 18º C se puede afirmar que este signo, unido a otros como los ya citados, indican que el sujeto es cadáver.

Otro fenómeno cadavérico es la deshidratación. A esta se debe la formación de una flictena gaseosa en la piel cuando se aproxima a ésta una llama de alcohol por ejemplo. Esta flictena o ampolla epidérmica estalla produciendo un ruido muy peculiar. También lo son las opacidades oculares y la flaccidez del globo ocular debido a la misma deshidratación.

Un signo de muerte cierta que durante mucho tiempo se utilizó como de certidumbre fué la deformación ovalar de la pupila que aparece al presionar lateralmente el globo ocular.

La detención de la circulación sanguínea da lugar a la aparición de un fenómeno de mucho valor diagnóstico, las livideces cadavéricas o manchas de color rojo violado, más o menos obscuras y extensas, jaspeadas, que se presentan ya de una a cinco horas después de la muerte. Estas livideces van avanzando hasta hacerse muy extensas a las 12 á 15 horas después de la muerte. Se presentan en las partes declives del cuerpo, debido al movimiento de la sangre ahora sólo impulsada por la acción de la fuerza de la gravedad.

Si el cadáver está tendido boca arriba, aparecen estas livideces en la parte posterior del cuello, espalda y caderas, más rápidamente en los casos de muerte por asfixia, frío o intoxicación y más lentas en los casos de hemorragias.

Las livideces cadavéricas han permitido en muchos casos averiguar si el cadáver fué trasladado de un lugar a otro o cambiado de posición, ya que al hacer esto pueden aparecer otras manchas nuevas en otros lugares opuesto a los anteriores, distintas de las llamadas livideces paradójicas.

La sangre acude a las partes más bajas de los órganos formando las hipóstasis o hiperemias postmortem, como ocurre en los pulmones, en el cuero cabelludo a nivel de la región occipital o en los músculos de la región lumbar. En los ahorcados aparecen en los músculos abdominales por la posición del cadáver.

Otro signo cadavérico es la rigidez que se presenta a las 8 á 12 horas después de la muerte, variando este tiempo según las causas del fallecimiento. Es el rigor mortis o rigidez de la muerte. Hay casos en que aparece súbitamente, casi inmediata a la muerte, de manera que el individuo conserva la actitud que tenía en el momento de morir. Es como si los músculos hubiesen sido sorprendidos y envarados por la muerte. Esto sucede en los envenenados por estricnina o por muerte debida a un fuerte traumatismo (casos de heridas de guerra, accidentes de automóvil o personas muertas en una explosión). Esta rigidez muscular se puede presentar en la cara, conservando el cadáver la expresión que tenía en el último instante, alegría, terror, etc. En casos de suicidios por arma de fuego, la mano que disparó el arma puede quedar contraída en torno a la culata y el gatillo de tal manera que es imposible separarlas. Esto ha permitido en algunos casos confirmar el diagnóstico de suicidio o por el contrario sospechar un homicidio que el criminal trató de hacer pasar por suicidio colocando el arma en la mano del muerto para engañar a los investigadores policiales.

A las 21 á 48 horas del fallecimiento aparece ya la mancha verde, comienzo del proceso de putrefacción, debida a la acción del ácido sulfhídrico sobre la hemoglobina. Se localiza generalmente en la fosa iliaca derecha que es donde el intestino alcanza la máxima concentración en bacterias. Este es un signo absoluto de muerte cierta.

Para detectar la presencia de sulfhídrico, elemento gaseoso que va íntimamente unido a la putrefacción cadavérica, se colocan tiras de papel de filtro empapado en acetato neutro de plomo diluído en agua destilada. El sulfhídrico ennegrece este papel.

A veces se recurre a la radiografía del abdomen, técnica utilizada por mi maestro el Dr. Antonio Piga Pascual. En el sujeto que aún tiene vida, en el que todavía hay movimientos peristálticos intestinales, la placa parece "movida", borrosa, mientras que en el cadáver, por la inmovilidad absoluta del intestino y la formación de abundante sulfhídrico, las asas y las vísceras destacan con mayor nitidez y brillo.

VIBERT elaboró un esquema para determinar el momento de la muerte funcional, que se basaba en las siguientes premisas:

1. Si el cuerpo está caliente, fláccido y sin livideces, hay ausencia de funciones vitales (respiratoria, circulatoria y cerebral), la muerte se remonta a seis u ocho horas.

2. Si el cuerpo está aún tibio pero rígido, y hay livideces que desaparecen por simple presión digital, la muerte se remonta de seis a doce horas.

3. Si el cuerpo está frío y rígido en ausencia de toda función vital y se presentan livideces muy acentuadas, inmutables, sin haberse presentado la putrefacción, la data de la muerte se remonta a 24 á 48 horas.

4. Si la rigidez ha desaparecido y hay mancha verde abdominal, la muerte data de más de 36 horas.

Cuanto más avanzada está la putrefacción y la fecha de la muerte está más alejada, las posibilidades de error para determinar ésta son mayores. Una de las mayores dificultades en Medicina forense es establecer la data de la muerte después de los cuatro días del fallecimiento.

Centrándonos en el momento inmediato a la muerte, es preciso decir que se ha hablado mucho del último aliento, del último suspiro, pero esto desde el punto de vista científico no tiene gran significación. El momento del tránsito, es decir, cuando el espíritu que animaba a aquel cuerpo se ha separado de él, para el profesional de la Medicina que ha presenciado en una larga carrera centenares de casos, es algo impalpable, es como cuando una vela se apaga.

El cese de la respiración se trasluce por la falta de movimientos respiratorios, aunque esto puede estar disimulado en algunos casos como la muerte por electrocución. Hoy, debido a las técnicas de mantenimiento del cuerpo vivo, también puede haber casos en que la muerte quede enmascarada por esta circunstancia.

La paralización cardiaca, gracias a la auscultación mediata, la fonocardiografía, la radioscopía y radiografía cardiacas, la electrocardiografía y la ecocardiografía, es hoy perfectamente detectable, estando enmascarada la muerte como sucede con la respiración, en los casos en que el sujeto está siendo mantenido en condiciones de seudovida por medio de la perfusión sanguínea y corazón supletorio que mantiene la circulación indefinidamente.

Una circulación y respiración asistidas pueden mantener el cuerpo con una vida vegetal, pero el cerebro, una vez que ha tenido lugar la muerte cerebral, ya no puede pensar ni funcionar. Para determinar la muerte cerebral exigen nuestras leyes la persistencia durante seis horas después del comienzo del estado comatoso, de los siguientes signos:

1. Ausencia de respuesta cerebral con pérdida absoluta de conciencia.

2. Ausencia de respiración espontánea.

3. Ausencia de reflejos cefálicos con hipotonía muscular y midriasis.

4. Electroencefalograma plano, que permite deducir la inactividad bioeléctrica cerebral.

La ausencia de razonamiento, reflejos, memoria, la pérdida total de la conciencia, son los signos aparentes de la muerte cerebral. La hipotermia por debajo de los 32º C rectales es signo de muerte cerebral, pero debe ir unida a los demás signos.

La electroencéfalografía demuestra la inactividad bioeléctrica cerebral. El gran inconveniente es que no siempre hay un electroencefalógrafo disponible para realizar esta prueba y saber si efectivamente hay un EEG plano o silencio eléctrico cerebral, término más correcto desde el punto de vista médico. También se ha propuesto el de inactividad electrocerebral.

Se han propuesto y ensayado numerosas pruebas complementarias como la electrorretinografía, la electrococleografía, el reflejo trigémino facial, todas ellas pruebas neurofisiológicas, en un intento de asegurarse con absoluta certidumbre de la muerte cerebral y no proceder a extraer uno o varios órganos para transplante quedando la duda de si realmente está muerto el paciente. También se ha utilizado la tomografía axial computarizada (TAC), la ecoencefalografía, la reoencefalografía, el estudio del cociente metabólico cerebral, la determinación del contenido de ácido láctico en el líquido céfalo-raquídeo, la inyección de substancias diversas como albúmina sérica marcada con isótopos radiactivos y otras técnicas.

La utilización de varios de estos procedimientos intenta garantizar la seguridad de la muerte cerebral. Todo ello unido a la falta de respuesta de las funciones o actividades nerviosas periféricas, proporciona suficientes garantías al clínico para segurarse de que la muerte es irreversible, que se ha llegado y sobrepasado el punto de "no retorno".

Estamos lejos de los tiempos en que para asegurarse de la muerte se recurría al espejito bajo la nariz, el vaso de agua sobre el esternón o la plumilla de ave bajo las fosas nasales, el grito estentóreo al oído del muerto o el pinchazo de la rodilla con una aguja.

El cadáver no es aniquilado, aunque los procesos de putrefacción, destrucción por insectos o evaporación le hagan desaparecer de nuestra vista. Lo que ocurre, no es más que una redistribución de los elementos que componían el cuerpo, una reincorporación al medio ambiente, a fin de cuentas una transformación en oxígeno, hidrógeno, nitrógeno, azufre, sodio, calcio, potasio y una serie de elementos que van a parar a la atmósfera, al suelo, al agua para quedar allí o formar parte de nuevos organismos. Es como un saldo por derribo.

¿Y el espíritu o conciencia que animó ese cuerpo, cuerpo que sirvió como antena para captar la melodía cósmica? Si los elementos inanimados vuelven a la biosfera de donde vinieron, ¿por qué no pensar que el componente que los animó y por el que el pensamiento se hizo patente y encontró órganos para expresarse encarnándose en ellos, no ha de volver al plano de la conciencia universal a la que pertenece? La fe le basta al que no quiere quebrarse mucho la cabeza pensando, las religiones diversas han dado forma a la idea de un más allá diversamente interpretado, pero para quienes como Tomás quieren meter el dedo en la llaga para creer, hay aquí suficiente motivo de reflexión.

En palabras de Toynbee "una personalidad humana no es sino una astilla separada temporalmente de esa realidad espiritual sin límites, y la muerte no hace sino devolver la personalidad a esa realidad espiritual originaria". Ciertas personas han tenido experiencias que sugieren que tal es la verdad y que al morir retornamos al jubiloso estado de existencia que nos fué arrebatado al nacer.

Budistas e hinduístas piensan que el acceso al Nirvana no es la extinción de la vida o de la conciencia, sino de los deseos, de los afanes, de la codicia, de los anhelos que caracterizan la condición de los seres humanos encarnados en la biosfera.

Al materialismo de moda en los tiempos de la centuria pasada, parece querer suplantarlo y superarlo una forma de panpsiquismo que propician los propios físicos y biólogos con sus nuevos descubrimientos.

No morimos. Hay una continuidad entre lo físico y los ultrafísico, hay una "comunicación entre la mente sensorial y la extrasensorial" al decir de Rosalind Heywood. Hoy que en forma uniformemente acelerada oímos hablar de principio de Mach, de paradoja EPR, de agujeros del superespacio o agujeros de gusanos que no son lo mismo que los agujeros negros, que palpamos el inquietante paradigma del holograma, de las ondas de materia de Schrödinger, de la demolición del átomo y de la materia, de que las partículas elementales o ladrillos del Universo han perdido su identidad y no son más que "shape", forma, espejismo, ilusión, "schrab", velo de Maya, de los "quarck", estamos más cerca de saber que al irrumpir desde este lado de la frontera, de la raya del "no retorno", de lo físico a lo metafísico, a la conciencia cósmica, no nos extinguimos sino que nos incorporamos a ella.

Las experiencias tan repetidamente experimentadas en el mundo por quienes estuvieron "casi muertos", pueden ser una reacción del cerebro a la anoxia, pero pueden no ser una simple alucinación premortem sino una realidad vivida.

La fe y la razón trabajan acordes con el pensamiento universal de que tendemos hacia la Unidad, que nosotros llamamos Dios, otros Alá, Jehová o N'gobó, según la interpretación lingüística que se le dé, o al punto Omega como decía Teilhard de Chardin.

Todo está unido y a la postre va a ser cierta la paradoja de que la materia es etérea y la mente es la roca sólida. Por eso quizás he sentido siempre que todo cuanto le ocurra a cualquier ser humano, allá donde se encuentre, no me es ajeno a mí porque yo formo parte de esa Humanidad y de ese Todo que es el Universo aunque sólo sea una pequeñísima partícula de él.


Museo de Antropología Médico-Forense Paleopatología y Criminalística
PROFESOR JOSÉ MANUEL REVERTE COMA